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Estaba leyendo tirado en la cama cuando sentí un ruido en la puerta. Un “tock” seco, que no se parecía nada a un llamado con el puño cerrado.
Dudé ¿Será acá?
Salté de la cama y me puse frente a la puerta. Miré por el visor y noté la cara de mi vecino, un hombre de unos 80 años, canoso, arrugado, con anteojos. Intentaba abrir su puerta -que está pegada a la mía- y decía, muy tranquilo: “Uh, voy a llamar a Víctor”.
Mi idea de que querían robar al lado se esfumó: no parecía muy alterado mi vecino. Así que abrí la puerta.
Había otro hombre tirado en el pasillo, frente a mi puerta, desparramado como un mazo de naipes en una mesa. Tenía los ojos abiertos, la frente mojada y los pelos de la cabeza pegados a ella, la boca abierta, y la camisa, azul, desprendida. Sin duda que los casi 40 grados de sensación térmica a la siesta le habían jugado una mala pasada al hermano de mi vecino, que tiene su oficina nosédequé al lado de mi departamento.
-¿Qué pasó, se desmayó? -pregunté estúpidamente.
-Sí, se desmayó. Salíamos por el pasillo y empezó a sentirse mal, entonces le dije: “Volvamos al departamento”. Y cuando llegamos a la puerta, se cayó -me respondió mi vecino, al que sólo había visto dos veces, pero que siempre escuchaba entrar a su departamento, el 2° I, a las 8 en punto.
-Bueno, ¿quiere agua, que llame a la ambulancia…?
-Le estaba por avisar a Víctor para que me ayude a levantarlo, porque yo sólo no puedo -me dijo, justo cuando Víctor, el portero del edificio, aparecía por el pasillo cargando unas bolsas de basura que había recogido de los pisos de más arriba.
-¿Qué pasa? –preguntó Víctor cuando nos vio. Supongo que Víctor debe escribirse Viktor, porque es ruso, y se nota cuando habla.
-Se desmayó el señor, vamos a llamar a la ambulancia –le respondí.
Víctor caminó los 30 metros que separan la escalera de donde estaba tirado el hombre y empezó a darnos órdenes a mi vecino y a mí: “Trae una toalla, agua fresca, una almohada o algo para que se apoye.”
Al instante sentó al viejo contra la pared blanca y manchada por los años, y le dio agua fría que yo había sacado de mi heladera, mientras le hacía viento con una toalla de manos.
-Vamos a llamar a la ambulancia Julio, están acá nomás –le dijo el portero a mi vecino. Ahí supe que se llamaba Julio.
Pero su hermano, que de a poco parecía ir recuperando el color, se negó: “No ¡Qué vas a llamar a la ambulancia! Ya me recupero, teneme paciencia”, expresó el viejo, mientras sus ojos miraban para todos lados.
-Si quiere llamar, el número es el 107 –le dije a Julio, después de chequear cuál era el número del SAME en internet.
En eso apareció el segundo portero, Carlos, que sólo trabaja en mi edificio de 12 a 16. Al parecer, mi vecino lo había llamado antes de que yo saliera a la puerta, o había escuchado el ruido como yo.
-Julio ¿No tenés algún sillón para sentarlo o algo? –preguntó Víctor, mientras el viejo, tirado, todo sudado y sin poder moverse, decía: “Pero ya estoy bien, ya estoy bien”.
Estaba negado a que lo traten como un enfermo. Sin embargo, lo metieron en el departamento y lo sentaron en un sillón para una sola persona que está justo en la entrada del departamento de mi vecino, después de atravesar un pasillo de unos dos metros.
Julio puso un ventilador de pie frente a su hermano y les dijo a los porteros: “Con esto se le va a pasar, después lo acompaño abajo y lo llevo en un taxi hasta su casa.” El hermano ya tenía toda la camisa desprendida, y peleaba Carlos, que quería ponerle un almohadón entre su cabeza y la pared.
Yo miraba, me había quedado en la puerta.
-Bueno, si necesita algo me avisa –le dije al vecino, y me metí al departamento.
Leí dos páginas más hasta que siento el timbre. Miró por el visor: el vecino.
-¿Cómo me habías dicho que era el número de la ambulancia? –me preguntó. El hermano seguía igual que antes, sentado en el sillón, todo transpirado.
Julio llamó a la ambulancia, mientras yo bajé para avisarle a Víctor.
El SAME tardó menos de cinco minutos en llegar porque tiene un puesto sobre la misma calle que mi edificio, cruzando la 9 de Julio.
Una médica lo revisó al viejo y le tomó la presión, mientras le preguntó: “¿Cómo se llamada joven? ¿Cuándo años tiene?”
-Jorge. 78 –respondió el “joven”.
-Tiene la presión muy baja Jorge, y un principio de arritmia, vamos a tener que llevarlo al hospital.
-Al hospital no, si yo estoy bien –le respondió Jorge, que casi no se podía mover-. Llamá a Jorguito, llamá a Jorguito –le ordenó a su hermano, haciendo referencia a su hijo, que aparentemente sabía todo sobre su obra social y donde podían atenderlo. Los médicos le ofrecían llevarlo al Hospital Ramos Mejía, pero el viejo no quería porque, al parecer, el se atendía en uno en provincia de Buenos Aires. De hecho, según pude escuchar, le contó a la médica que justo en esos días se estaba haciendo unos estudios.
-Se piensa que es Superman porque nunca fue al médico, pero ahora anda con algunos problemitas, que se yo… –le contó Julio a la médica.
-Bueno, nosotros lamentablemente no lo podemos obligar a que venga en la ambulancia. Si no quiere, le recomiende que lo recueste en el suelo, le ponga las piernas en alto hasta que se recupere. Pero tendría que ir al hospital –concluyó la doctora. Y se fue.
Mi vecino llamó a su sobrino por segunda vez y dijo que lo esperaba en el departamento. En el auto de él lo podían llevar a su hospital.
-Bueno –le dije a mi vecino antes de meterme de nuevo en mi departamento-, cualquier cosa me avisa. Tengo pieza con aire, por si quiere acostarlo ahí.
-No te preocupes, ahora lo acuesto en el piso y todo bien –me respondió Julio.
Terminé de leer el capítulo de la novela policial que ya había interrumpido dos veces, y me dormí.
Veinte minutos y me desperté. Sentí voces de nuevo en el departamento de al lado, pero no parecía nada extraño. Como tenía que ir al lavadero a buscar ropa que había dejado el viernes, agarré la billetera, el teléfono y la llave.
Y cuando salí del departamento, vi de nuevo a dos médicos del SAME, que no eran los mismos que antes. El viejo estaba tirado en el suelo, parecía que no se movía, pero como había estado así antes, pensé y no pensé lo que ustedes quizás estén pensando.
Bajé las escaleras y me encuentré con Víctor.
-Están de nuevo los del SAME –le dije, inocentemente.
-Se fue –me dijo, abriendo los brazos-. El viejo se murió. Todo por no querer irse con la ambulancia. Se hubiera salvado.
“Mierda”, pensé, mientras me tapaba la boca con la mano. “Se murió mientras estaba durmiendo.”
Subí por las escaleras y me encontré a la nueva doctora que venía caminando hacia mí.
-¿Falleció? –le pregunté muy despacito, haciendo un además como de “no va más”.
-Sí –me respondió escuetamente. Vestía todo de negro esta doctora, lo contrario a la anterior, que llevaba un conjunto blanco. ¿Señales?
Llegué a la puerta del departamento de mi vecino, y vi el cuadro: El viejo tirado en el suelo con la camisa y el pantalón desprendidos. Sentado en el sillón donde estaba antes, otro doctor del SAME, vestido de verde, limpiándose las lágrimas. Y más al fondo del departamento, mi vecino, que hablaba entre llantos con alguien por teléfono. “Fue mi culpa, fue mi culpa”, le decía a ese alguien.
Al ratito colgó el teléfono.
-Lo siento –le digo desde la puerta, totalmente sorprendido, con el muerto entre nosotros dos-. ¿Le hace falta algo?
-¡La vida de mi hermano!


“Cerrado por duelo”, se lee en el cartel que está en la puerta pegada a mi departamento.

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4 Comments

  1. wow! Esas cosas te pasan a vos nomás!

  2. INCREIBLEEE! creo q antes tenias vecinas mas copadas!!

  3. Cuando te tiene que llegar, te llega; no importa si en el hospital o en una casa. Lo lamento mucho por ese señor y lamento mas saber que su pobre hermano va a cargar con esa culpa para siempre, aunque no creo que sea de él realmente.
    Beso grande Mauri! es hermoso leerte! podrías escribir algunas novelitas de acá a un tiempo cuando tengas mas de mil historias para contar que te iría de diez porque logras esa necesidad de seguir leyendo hasta el final!
    te quiero, besote y éxitos!

  4. Hola Mauri…! Como estas? Haciendo limpieza en mi compu… Entre a favoritos y vi esto… Me encanta como escribis… Es como si te tuviera acá al frente y una charla de por medio. Te lleva a imaginarte y hasta sentir las emociones. La verdad, me encantó! Lastima la historia q viviste… Pero me llevaste me atrapaste tanto a seguir leyendo q al terminar fue un “ufa..!” :o(
    Espero leer otras de tus historias… Sos divino chiqui! Te quiero mucho mucho… Aunque nos veamos re poco, siempre te tengo presente. Un fuerte abrazo y besote!


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