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Ya lo sabía desde que volví de las vacaciones: entre el martes y el jueves de esta semana, haríamos la primera página de una sección en grupo de 4 compañeros. Esta primera vez nos tocó Información General, con temas policiales, de la ciudad de Buenos Aires y de “sociedad”. Cada integrante del grupo tenía que hacer una nota para la página, y cada página debía contener por lo menos una nota sobre cada tema. ¿Se entendió o fue un trabalenguas?

Fue nuestra primera gran práctica profesional, y la página tuvo las mismas característica de las que salen en el diario La Nación.

El martes nos repartimos las notas: me tocó averiguar sobre el aumento de las multas en la ciudad. El miércoles era el día destinado a la producción de la nota, la búsqueda de fuentes, de información, etc. Y el jueves, la escritura sobre la página y la impresión de la misma. Nuestro horario de cierre era a las 14.30.

Comencé el miércoles bien temprano, llegué al diario a eso de las 8 y me senté frente al teléfono para contactarme con gente del gobierno porteño. Necesitaba las estadísticas oficiales para luego encarar a varias fuentes a que expliquen porqué los automovilistas siguen violando tantas normas de tránsito como hace años.

Los teléfonos de las dependencias públicas sonaban y sonaban, pero nadie atendía. ¿Era demasiado temprano? ¿Espero hasta las 9? Okey… esperé… pero nada tampoco… ¿9.30? Me derivaron a otra oficina pública, pero allí nadie contestaba.

En fin, decidí ir personalmente. Fue igual, durante 3 horas recorrí varios barrios de Buenos Aires y varias oficinas sin encontrar a nadie que pueda darme la información que necesitaba. El tiempo pasaba, y yo sin el 0,1% de mi nota hecha.

A las 12, tenía una reunión de diseño en el diario: ¿Cómo disponemos las notas en la página? ¿Cuál va primera, cuál segunda, etc…? Yo era el encargado de mi grupo, mis demás compañeros estaban haciendo sus notas por ahí (creo yo).

Cuando la editora de Información General del La Nación -que fue nuestra profesora esta semana- me dijo que no teníamos en el grupo ninguna nota de “policiales”, estaba más preocupado que antes. No había nada mío, y tampoco nada de sangre, asalto, secuestro o toma de rehenes…

¿Toma de rehenes? ¿Vieron las noticias esta semana?

Fue sólo prender el televisor que tenemos en el aula para enfrentarme con mi futuro más próximo: había una toma de rehenes en Palermo desde las 6 de la mañana. ¡Y yo buscando estadísticas sobre multas!

Como bala saqué algo de información de las páginas web de los diarios y salí corriendo (por lo menos hasta la estación más cercana del subte).

A los 40 minutos estaba ahí, a dos cuadras del “Punto G” de la noticia, codeándome con todos los movileros y periodistas de los canales de televisión -y cuando digo todos, son todos-, y con varios de mis compañeros de otros grupos que tampoco tenían nada de “policiales”.

Nadie veía nada desde la esquina en la que estábamos, obligados por la policía a no hacer un paso más cerca del edificio en donde estaba la familia con cuatro ladrones. Pero la necesidad de “informar en vivo la realidad” hacía que los periodistas de televisión contaran cualquier pequeña cosa que pasara, sin tener verdaderas novedades cada una hora, y sin realmente saber qué pasaba. En fin, hablaban y hablaban para llenar espacio, para que pasen los segundos y los minutos. Y yo al lado de ellos, por primera vez en “la cocina” de lo que vemos todos los días por la tele. Sentí un poco de vergüenza. Y de emoción.

La periodista de América 24 me preguntó qué había dicho un policía que se acercó unos instantes antes. Cuando le respondí que que sólo dijo que “el comisario va a hablar en un rato”, en el acto lo transmitió a sus televidentes:

-Sí… acá nos informan que en pocos instantes hablará uno de los jefes del operativo, porque parece que se acerca el fin de la toma de rehenes.

Otra cosa que me llamó la atención fue la capacidad de estos locutores para meterse entre las cámaras para ver algo más y, al mismo tiempo, hablarle al micrófono como si estuviese sentado en un sillón en su casa. Una imagen vale más que mil palabras:

A eso de las 16 se acabó la toma, los ladrones se entregaron y la familia fue liberada sin lesiones. Llegó el momento en que el jefe del operativo se acercó a los periodistas para confirmar la noticia. Hay que ser muy rápido para llegar primero, colocar el micrófono lo más cerca posible de su boca, tener un cuerpo que se aguante empujones y apretujones, y los oídos bien abierto y la mente lúcida para saber qué preguntar y cuándo hacerlo. En fin, una batalla campal por buscar información. Mientras, los camarógrafos hacen su trabajo: ellos también necesitan espacio para mostrar a la fuente hablando y si te tienen que pisar lo hacen, si tienen que gritar al de la cámara del canal de la competencia lo hacen: “¡Correte 9!”, “¡¡Dejen lugar che!!”…

[Esta foto salió en Clarin.com e ilustró la crónica de la noticia durante todo el miércoles. Un detalle: la primera cabeza de pelos morochos que se ve de abajo hacia arriba es la mía, y la mano que sostiene un grabador pequeño casi al lado derecho de la cabeza de un pelado y la manga de un poulover clarito con puño blanco y una franja celeste, es la mía! jajaja] Este trabajo es insalubre!!!

Y les tiro otra de cholulo que soy: dos preguntas le pude hacer al comisario, y después a la noche pude escucharme en las crónicas que pasaron por todos los canales jajaja!

Después de eso, me aposté durante tres horas -sólo, sin ninguno de mis compañeros- frente a la comisaria donde estaban declarando los ladrones, por un lado, y la familia, por otro. Quedaba a pocas cuadras del lugar de los hechos (la inseguridad te asalta al lado de la policía en Buenos Aires). Pero la vigilia periodística fue, informativamente, en vano. Cuando la familia salió de la comisaría, lo hizo en taxi y sin dar ninguna declaración, y a los delincuentes los dejaron adentro hasta el día siguiente.

Igual, pude hacer buenas migas con los movileros de los canales (26, C5N, TN, 9) y con uno de los policías que custodiaban la entrada a la comisaría (con una colega de diario Perfil queríamos sacarle el teléfono del fiscal de la causa).

Finalmente, volví a mi departamento cerca de las 20 casi muerto, sin haber comido más que un alfajor en todo el día, pero con la panza llena de aprendizajes sobre las cosas que “hay que hacer” -y, sobretodo, de las que “no hay que haber”- en periodismo. También estaba muy cansado, pero me quedaba todavía escribir mi nota de tres mil caracteres, y a la mañana del jueves ir al diario a terminar la página.

Sé que tuve varios errores en la escritura, que varias cosas como grupo fueron improvisadas y que algunos detalles quedaron en el aire, además de haberme estresado, haberme cansado, y haberme olvidado de algunas cosas… pero la experiencia de haber “estado ahí” y después contarlo a un público -aunque sólo sean mis tres profesores- fue muy gratificante.

Seguro que para la familia no fue nada bueno que la hayan tenido de rehén durante casi 10 horas, pero la noticia es el alimento de los periodistas y es lo que hace a esta profesión. Para mi fue divertido, pero no hubiera querido estar en aquella situación.

Esta fue mi semana, está fue mi vuelta a clases, y esta fue mi manera de festejar mis 4 meses en Capital Federal que se cumplieron ayer viernes 13: APRENDIENDO PERIODISMO.

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