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jhony

Ahí estamos los dos, frente a frente. Sólo separados por un panel de madera que tiene un hueco cuadrado, haciendo las veces de ventana. Eso nos divide y une a la vez. No nos conocemos mutuamente, no sé su nombre ni él sabe el mío. Quizá no es la primera vez que lo veo, pero no recuerdo haberlo cruzado en algún momento, y su cara me resulta muy poco familiar. Supongo que él piensa lo mismo que yo, aunque más bien dudo que esté pensando algo sobre mí; por lo menos no aparenta estar conciente en un cien por ciento.

Su sorpresiva aparición frente a mí y su imperiosa necesidad de quedarse allí donde está me pone nervioso y me da un poco de miedo. No tengo más qué hacer: pienso que tal vez luego de charlar un rato continúe su rumbo, su camino. Pero no sucede así. Él vive en la calle. Podría decir que “a medias”, porque algunas noches duerme en una pensión que cierra sus puertas de ingreso temprano. Pero como hoy no llegó a horario, quedó a la suerte de la noche que se avecina en truenos y relámpagos. Lleva vino en una botella de plástico envuelta con una bolsa. Horas después me contará que lo compró en un kiosco cerca de donde estamos, y que lo puso ahí para que “la yuta no lo vea”. Eso no es sólo lo que va a consumir a lo largo de la noche. Dos porros, algunos gramos de cocaína, cigarrillos comunes y hasta hojas de coca serán su compañía personal, además de la mía.

Si bien me dijo su nombre, no vale la pena expresarlo aquí. Más significativa es su historia: la de un chico que se crió en un correccional de menores, se escapó y encontró en la calle la escuela de su vida. Me confesó que robó muchas veces, pero ya no lo hace porque “labura”. El problema –pienso yo- es que todo lo que gana en su trabajo de vendedor ambulante lo gasta en drogas. Así de simple, así de crudo. También me cuenta que tiene varios tiros en el cuerpo, tres para ser más precisos.

-¿Fuiste a la escuela? -le pregunto.

-Sólo hasta primer año de la secundaria.

Supongo que no tiene futuro. Lo que vino después del colegio fue un tiempo como ladrón, hasta que se dio cuenta que mejor era trabajar. Pero aunque ya no tiene vida de malviviente, siempre está preparado. “En la vida primero estás vos; segundo, vos; y tercero, vos”, me detalla a modo de profesor de sobrevivencia en esta jungla de edificios y cemento. Y continúa: “si te vienen a robar tenés que entregar todo. Estos no andan con vueltas y te meten un tiro en la cabeza de una. Tu vida no cuesta una campera o unas zapatillas”.

La lluvia y el frío hacen su entrada triunfal durante la mayor parte de la madrugada; pero mi negación a que entre en casita -que estoy cuidando- me obliga a prestarle mi gorro, mis guantes y hasta mi paraguas. Sé que todo eso se lo voy a regalar cuando se despida. Él me cuenta que tiene que ir a trabajar, y mi inquietud nace por saber cómo lo hace después de pasarse una noche drográndose sin escrúpulos. “Uno tiene aguante”, me responde como si hubiera leído mis pensamientos.

Él ya se va y podría decir que nos hicimos amigos, entre comillas gigantes. Aunque pasé frío, tuve miedo y morí del sueño, espero tener la oportunidad de volver a cruzarlo en algún momento. Porque pienso y estoy convencido, que nuestra vida se compone de pedacitos de la vida de los demás. Y conociendo la realidad de los demás nos damos cuenta que la nuestra es sólo una gota en este océano que llamamos mundo.

Nota: esta es una historia real. Me ocurrió durante toda una noche, cuando estuve cuidando una de las viviendas de emergencia modelo de Un Techo para mi País que instalamos en el centro cordobés para dar a conocer la ONG.

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www.untechoparamipais.org.ar/septiembre

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2 Comments

  1. Muy buena historia, Mauri. Felicitaciones. Me hubiese gustado estar ahí con ustedes dos.

  2. la verdad… No se que decir. Dale para adelante que con palabras SI se puede cambiar el mundo.


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