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El nombre que me habían dado no era el real. La diferencia de algunas letras hizo llamarla de manera equivoca. Sin embargo, cuando dije mi nombre estaba claro que era el departamento indicado.

Me abrió su madre, a quien no conocía. Ni siquiera con la persona que estaba buscando había tenido un trato más allá del virtual a través del celular. En fin, todo iba a ser totalmente nuevo. Su madre tiene unos, digamos, 50 años. Soy pésimo para los cálculos de edad, pero por ahí ronda. Estaba fumando. Bajó el ascensor para abrirme la puerta, y así subimos hasta el departamento. No recuerdo el número del piso pero fue un viaje corto dentro del edificio.

¿Qué podía esperar al entrar a su casa? Nada, así de simple. Mi mente estaba abierta de par en par y dispuesta a recibir lo que sea. La incertidumbre era tan grande que sólo estaba seguro que mi corazón latía, y que era yo quien se adentraba allí. ¿Quién me obligó a ir? Nadie, sólo mi instinto y razonamiento.

Al entrar pude conocer a ella. Su discapacidad móvil no era total, podía caminar, escribir perfectamente. Aunque esa perfección estaba condicionada a un cuerpo con limitaciones motrices. Sentí lástima por ella, pero de ninguna manera pensé en negativo. Sin embargo, tampoco me esperaba eso. Fue un choque visual que manoseó mis cinco sentidos.

La mesa a la que nos sentamos estaba atiborrada de cosas. Y así se vestía el paisaje entero del comedor en el que ingresé. Su madre seguí fumando. Y tomaba cerveza. Sin dudarlo me ofreció, lo que negué más de una vez. ¡No era la ocasión! sólo iba a hacer una entrevista en la cual el papel de quien responde las preguntas me correspondía.

Por un rato todo transcurrió de manera convencional, por decirlo de alguna manera. Hasta que llegó una visita de la familia. Una de esas personas a la que es fácil designar como “personaje”. Me interpeló como consecuencia de su curiosidad, que aumentó cuando se enteró que éramos del mismo signo. Pidió que tomara cerveza, aunque ella se sirvió gaseosa. Sin saberlo interrumpió mi entrevista, pera ya estaba terminada y mi momento de salida definido. “Espero volver a cruzarla”, le dije. Yo tenía que irme, pero a la vista de ellas parecía que me escapaba. La madre me acompañó hasta abajo; obviamente, fumando.

Alguna vez leí algo así como “la vida se cuenta por los momentos en los que nos quedamos sin aliento”. Y puedo agregar aquella conocida que dice “cada casa es un mundo”. Otra realidad tan diferente a la mía conocí esa tarde, que mi burbuja individual se agrandó un poco más.

A los pocos que les conté la historia con nombre y apellido se las tildé de “bizarra”. Pero esa palabra no está en el diccionario como comúnmente la tratamos, sino que se refiere a algo “espléndido”. Creo que por eso sí fue bizarro.

http://www.mediosenlared.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1674

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