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Ya se eligió en nuestro país, ya hablaron las urnas. Terminadas estas elecciones legislativas, la mirada de todos los análisis y conjeturas se centraron en aquellos candidatos que mejor posicionados quedaron para el 2011, cuando los argentinos votemos por un nuevo presidente. ¿No falta mucho? Que Reutemann puede ser el candidato del peronismo, que el triunfo del PRO de Macri es una señal de aprobación de su figura, que la aplastante victoria de Cobos en Mendoza le da nuevas esperanzas al radicalismo para volver a sentarse en el sillón de Rivadavia, que los Kirchner parecen tener los días contados en la política nacional, que a Scioli se le va a hacer “cuesta arriba” la gobernación de Buenos Aires, y que Carrió y Binner quedaron un poco relegados en la compulsa para dentro de dos años, además de una larga seguidilla de variadas personalidades de la política a los que la elección del domingo influye de alguna manera.
Así se plantea el panorama de ahora en más. Pero si ponemos la lupa en la sociedad, en las personas comunes, en la calle, ¿qué veríamos? ¿Qué análisis se rescatarían? ¿Qué le interesa a la gente? Porque también es válido –y quizá debería ser lo fundamental- centrar las principales conclusiones en que si el ganador (o ganadores) es realmente el más apto y competente para resolver los problemas de nuestra sociedad, o para administrar los recursos del Estado de la manera más eficaz y eficiente posible, o para ejercer la representación de la sociedad con seriedad y objetividad. Es entendible que las reflexiones se sitúen entre los políticos, pero si nos quedamos en ese acotado ambiente, estaremos también legitimando –de cierta manera- que las decisiones de un país se manejen en una mesa chica, entre algunos pocos. Y no me estoy refiriendo a si los beneficiados son sólo algunos, ese es otro tema, aunque tampoco debe quedar fuera de la discusión. Si la política sólo la entendemos como el accionar de los políticos estamos sacrificando parte de la democracia. Y aquí podría caber la pregunta: ¿Realmente nos sentimos representados por nuestros representantes? ¿Realmente nos sentimos parte de un todo común? ¿Realmente los políticos están legitimados por la sociedad?

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