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supernova
La pantalla del televisor cambia incesantemente. De millones de colores pasa a otros millones de colores. Aparecen imágenes similares. Se puede ver un mundo ahí en la televisión. Está buscando algo pero no lo encuentra, y eso que tiene más de ¡500 canales! Esa es la tecnología del siglo XXI. Pero nada.
Tira el control remoto y pasa a la radio. “Quizá allí lo encuentre”, piensa con incredulidad. Acordes poderosos y monstruosos salen de los parlantes. Cambia el dial como hacía con los canales del televisor, rápidamente y sin cesar. Las voces de aquellos locutores parecen superponerse. Abre sus oídos de par en par intentando captar mejor los sonidos. Pero nada. O en realidad, todo es lo mismo. Sigue buscando. ¿Qué está buscando? “¿Qué estoy buscando?”, se pregunta.
Se para, camina unos pasos. Se dirige a la cocina. Abre la puerta de la heladera y sus ojos se mueven para todos lados. El derecho hacia la izquierda, y el izquierdo hacia la derecha. Consigue que cada uno tenga vida propia. Corre alimentos, líquidos, bolsas y paquetes. Allí tampoco está.
Se enfrenta a la puerta de la cocina, y la baja lentamente, suavemente. Sólo hay tres estantes, grasos, sucios, negros. Nada tampoco.
Ya en su pieza, abre la puerta del armario. Marrón y hasta un poco imponente. En los cajones de ropa sólo hay eso, ropa. Y bastante. De todos los colores, tamaños y formas. Pero sólo tiene remeras, medias, pantalones, calzoncillos, zapatillas. Lo que hay en cualquier armario de pieza. Deja todo revoltoso, como si un ladrón hubiera entrado en su casa. Lo que alguna vez pasó en realidad.
Mira un poco más allá de la puerta y ve el espejo. Está en el baño, parado frente a su imagen. Puede ver su silueta y se sigue mirando. Buscando algún lugar por donde entrar. Sus ojos se acercan al vidrio reflector, y sus pupilas se agrandan. Allí parece haber un punto. Negro. Profundo. Muy profundo. Tanto que siente que viaja, que se mueve, que se desplaza. Está entrando en sí mismo y de repente todo queda en silencio. Sólo se oye los latidos de su corazón. Y lo entiende. Por fin encontró lo que quería.

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2 Comments

  1. Uah! Mi sobrinito! ignoraba que contaba con un narrador tan bueno; hablas de la necesidad del ser humano de buscarse y encontrarse, con una soltura total, de mucha experiencia – pese a tus poquitos años -. Me encanta!…..Continúa tu vocación mi amor, Dios va a ayudarte en todo tu camino. Te quiero y me enorgullezco de vos. Hasta pronto……

  2. Bueno, qué te voy a decir de la lectura que hice… Que bien se observa que tienes una visión estructuralista de la subjetividad humana? Congratulaciones! Sos impresionantemente jóven ( ! ) para detener un conocimento casi siempre legado a los viejos: la falta es constitutiva del humano, lo que no cesa de no completarse, lo que es presente de un vacío que también podría ser entendido como lo que falta a ser. O sea: no es posible el acto de creación sin que antes haya una falta, esto que tan bien supiste describir, que también es el rato de no bancarse, de no poder ser soportado por ningún sistema (sea tecnológico, científico o mismo estético) porque así somos de simple: incompletos. Y hay días como el que el personaje recurrió hacia el fondo de su heladería y tampoco ahí pudo encontrar algo que lo sosteniese. Por fin, ahí estaba en el propio pecho un sentido para poder dar cuenta de la brutal singularidad que es defrontarse con lo suyo. A veces es nada. A veces es el cuerpo crudo, sin lenguaje, como el tun-tun-tun-tun… del corazón.

    Encantada.


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